Los curas guerrilleros, un destino trágico trazado desde Cartagena de Indias

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Por Luis Tarrá Gallego

Cartagena de Indias

Como el desarrollo de una parábola mortal  que se inició en Cartagena de Indias en 1968, resume el exintegrante de los Cuerpos de Paz ErikHoffman el periplo revolucionario y misionero recorrido por los sacerdotes españoles Domingo Laín, Manuel ‘el Cura’ Pérez y Antonio Jiménez, quienes durante algo más de un año acompañaron el proceso de formación de la tugurial zona suroriental de esta ciudad, con una activa labor social que desplegaron en los barrios de Fredonia, La Magdalena y San Francisco hace ya 50 años y que en su parecer pudo haber sido más fructífera si el objetivo no hubiera sido la violencia.

Sobre la primera impresión de los sacerdotes a su llegada a Cartagena de Indias, ErikHoffman relata que fue “En el año 1968, que pertenecían al movimiento ‘Teología de la Liberación’, que habían trabajado en Bogotá en donde habían tenido algunas desavenencias con la autoridad eclesiástica; sin embargo, por invitación del arzobispo de Cartagena monseñor Rubén Isaza Restrepo llegaron a la ciudad y empezaron a trabajar en toda la zona suroriental hasta el barrio San Francisco. Llegaron a Fredonia en donde comenzaron a organizar a la gente; fueron muy activos en los sindicatos y juntas de acción comunal, JAC, y en organizar reuniones”.

De su relación con ellos, advierte: “Conmigo, personalmente, no hubo ningún conflicto; pero, sí había desconfianza, porque, estoy convencido de que para ellos cualquier miembro de los ‘Cuerpos de Paz’ o ciudadano norteamericano era un miembro de la Central de Inteligencia Americana, CIA, y un soldado del imperialismo y, por tanto, había que apartarlo o controvertirlo”.

Por ello, señala, “en una reunión a la que fui invitado, cuando se dieron cuenta de que Yo estaba ahí me dijeron que ese encuentro era para los obreros y que me retirara, tratando de crear un ambiente negativo y hostil hacia mí en el barrio para que fuera declarado persona no grata, lo que no llegó a nada”.

“Con ellos tuve la certeza de que contaban con una gran inteligencia, aunque muy rígida. Sin embargo, estoy seguro de que cuando llegaron de España estaban convencidos de que el cambio social por medios pacíficos era imposible y que la única forma de hacerlo era eliminando el capitalismo, así fuera por la vía de la violencia” prosigue.

“Yo sé que Domingo [Laín], Manuel [el cura Pérez] y otro sacerdote, Juan Antonio Jiménez, ya que eran tres, estaban comprometidos con Colombia y por ende tuvieron la posibilidad de desempeñar una labor importante;  pero vinieron primero a hacer la revolución y únicamente en ese contexto  impulsar el desarrollo social de la comunidad.  A pesar de todo para mí fue una tragedia que hubieran sido expulsados de Cartagena de Indias y que sus talentos se desperdiciaran.   Hay que entender que vivíamos la época de Camilo Torres, del Che Guevara y de fermento social. Incluso, el actual presidente Juan Manuel Santos y muchos otros expresaron simpatía por la Revolución cubana. Eso era el momento. Infortunadamente, el interés social de los españoles derivó hacia la violencia con resultados funestos”.

Sobre la interacción personal de los tres sacerdotes españoles, Hoffman revive: “Manuel y Antonio hablaron poco, Domingo, mucho más.   Tengo entendido por lo que leí, que después de que los tres fueron expulsados de Colombia regresaron clandestinamente con nombres ficticios. Jiménez murió de mordedura de una víbora venenosa en el departamento de Antioquia. Todo terminó en frustración.”.

Motivación política

En cuanto al discurso político que manejaron los sacerdotes desde su llegada a Cartagena de Indias, el ex voluntario de los Cuerpos de Paz señala: “Era muy claro, de acuerdo al lineamiento de su pensamiento, que buscaban trabajar en los sindicatos y en la comunidad para fomentar la desconfianza en el gobierno y las instituciones para abrir paso al cambio total en la sociedad dentro del proceso de eliminación del capitalismo. Puesto que esto no se podía hacer de la noche a la mañana, las actividades de muchos, aunque no todos los   seguidores de la teología de la liberación, derivaron hacia la violencia.  Esto se veía en su modo de actuar”.

Sobre este tópico, Hoffman rememora: “Yo recuerdo que una noche Domingo Laín se presenta en mi casa. Después de decirme que he debido trabajar más para los pobres y no para los ricos (para él los ricos eran los enemigos y los pobres los santos, para exagerar un poquito) se expresó con palabras que revelaban la visión de alguien destinado a seguir los pasos de Jesús e imitar su parábola vital. Percibí la premonición de su martirio, de un hombre cuyo fin desembocaría inevitablemente en el sacrificio máximo. Infortunadamente, esa visión se cumplió. Creo que si hubiera tenido una actitud más abierta y menos ideológica, de pronto hubiera desarrollado una gran labor en el país; pero todo eso se volvió nada y se convirtió en muerte y destrucción”. Después de que los curas salieron de Fredonia y de Colombia no tuve noticias de ellos hasta que entraron a la guerrilla.

Vivienda

Los curas rojos, según el recuerdo casi que fotográfico de esos hechos que relata Erik Hoffman, Comían en una casa que queda frente a la Inspección [hoy Estación] de Policía de Olaya Herrera en donde vendían alimentos “donde se divide la vía: a la izquierda para Barranquilla (la de caimán, como dice la canción), y a la derecha para Turbaco y Sincelejo. Compartían la casa con una familia donde dormían y pagaban arriendo, igual que yo hacía en la vivienda de Hernán Padilla, en la Magdalena.

Con la autoridad

La relación de los sacerdotes revolucionarios con la autoridad la recuerda así el señor Hoffman: “Era una relación de recelo. Habían sido expulsados de Bogotá.  Además, tenían una desventaja: eran extranjeros que no podían intervenir en los asuntos internos de Colombia.

“Recuerdo que en esa época Martha Traba, una crítica literaria argentina, se expresó en forma desobligaste del presidente Carlos Lleras Restrepo. Este le respondió enviándole un tiquete en avión de ida para su país.  Creo que esta situación posteriormente se arregló, más no así la de los curas españoles quienes fueron expulsados.

Con el clero local

La relación de los sacerdotes con la clerecía, la resume: “Yo pienso que monseñor Isaza, sin poder afirmarlo, invitó a los tres sacerdotes a trabajar en Cartagena de Indias. A mí me dijo una vez que ellos eran honestos y tenían buenas intenciones. Pienso que él quería probar que la iglesia podía abrazar tanto la filosofía tradicional como la de la teología de la liberación cuyos exponentes aquí eran los tres curas.”.

Prosigue: “Tengo entendido por lo que comentó el también padre Antonio Segovia Vélez que en las reuniones de los sacerdotes había mucha división. Algunos simpatizaban con esas ideas, pero otros las rechazaban, lo que reflejaba la división de la misma sociedad. Sin embargo, cuando llegó el momento de fomentar huelgas, el gobierno dijo ¡no más! Estos son extranjeros y no tienen derecho de participar en política. Tendrán que irse”.

En un sentido, la posición de los sacerdotes frente a las necesidades de la gente era igual a las acciones comunales, los organismos del gobierno y los miembros de los Cuerpos de Paz: intentar mejorar el novel de vida de los moradores de los barrios. La diferencia era que los curas españoles, en el fondo, promovían la Revolución de Camilo Torres, el Ejército de Liberación Nacional, y el Che Guevara basados en la teoría de que el deficiente estado social de los pobres era el resultado del capitalismo, raíz de todos los males, mientras que los otros, incluyendo el gobierno, no compartíamos esa tesis”.

De las actividades realizadas en la entonces zona del primer basurero de la ciudad que se ubicó en lo que hoy es el barrio de San Francisco, Hoffman advierte: “El único recuerdo que tengo fue de una noche cuando celebrábamos una reunión de la JAC de Fredonia. Llegaron los tres y dijeron que había una manifestación en San Francisco. Creo que tenía algo que ver con el basurero. Hicieron su discurso y pidieron que la gente se sumara a la manifestación, pero los de Fredonia dijeron que eso conduciría a un enfrentamiento con el gobierno, que estaba ayudando a instalar la energía eléctrica y acueducto y que rellenaba las zonas inundables del barrio con sus volquetas y maquinaria a través de la Secretaría de Fomento y Desarrollo. Por lo tanto, no se sumaron a la protesta. Los curas salieron solos de Fredonia, pero creo que en otros barrios fueron exitosos.

En torno a la ayuda en la formación de otros barrios como El Pozón, Hoffman recuerda: “No, El Pozón fue después cuando ellos ya se habían ido. Que yo recuerde, no fundaron barrios nuevos y centraron su accionar en las comunidades subdesarrolladas de la zona de la Ciénaga de la Virgen.

Del impulso social y político dado por los sacerdotes a las comunidades en el desarrollo de su trabajo en las barriadas en formación, según Hoffman, “Intentaron en Fredonia formar un grupo que me declarara persona no grata, que no llegó a nada. Sé que soterradamente intentaron socavar el trabajo del también sacerdote Antonio Segovia porque pensaban que él no compartía su ideología; pero no tuvieron la influencia en nuestro barrio que tal vez alcanzaron  en otras comunidades, pues en Fredonia había una organización muy sólida que no pudieron penetrar mucho.”

Expulsados

Sobre las razones directas que motivaron la expulsión de los tres sacerdotes y su despedida de Cartagena de Indias, Hoffman afirma: “No recuerdo el hecho preciso; pero en toda la zona había tensión por las huelgas que promovían y su actitud en contra del gobierno, siendo extranjeros. No fue sorpresa para nadie cuando un día me dijeron: ‘¡Expulsaron a los tres curas!’”.

Prosigue: “Yo seguí mi trabajo, pero creo que esa expulsión fue dolorosa para mucha gente porque los sacerdotes mostraban un gran compromiso y trabajo concienzudo a favor de la comunidad. Repito que para mí fue una lástima que toda esa energía y compromiso no se hubiera podido canalizar en una forma positiva. Pero ningún gobierno acepta que un grupo extranjero intente oponerse activamente a sus políticas y socave las instituciones. Tal vez si hubieran sido colombianos la cosa hubiera sido diferente”.

En Fredonia seguíamos nuestro programa para rellenar el barrio y protegerlo de las inundaciones a través del Plan del Peso diario y con la colaboración del gobierno.  Esto, junto a otros proyectos, mostró resultados. En estas condiciones es difícil que otras corrientes entren.  Se demostró que en Fredonia se podía elevar el nivel de vida sin que se recurriera a la violencia o a la revolución.

Post expulsión

Sobre lo que vino después de la expulsión de los tres sacerdotes, Hoffman señala: “En mi comunidad, nada; seguíamos con nuestro plan; no se produjo la revolución; el Che Guevara no llegó a Cartagena; el ELN no se tomó el poder; no hubo grandes manifestaciones y, eso probó que la organización de los curas estaba en un estado embrionario e incapaz de amenazar la estabilidad del gobierno o crear un problema de orden público”.

De las noticias que tuvo de los sacerdotes después de su expulsión, es claro en indicar: “La información que recibí vino del sacerdote Antonio Segovia Vélez y de la prensa.  Así supe que ellos habían regresado clandestinamente al país.  Siempre me ha asombrado que Manolo (Manuel Pérez), el que hablaba poco y solía guardar silencio, hubiera llegado a ser jefe del ELN., una organización terrorista. Pienso que pudo haber hecho muchísimo más en Cartagena de Indias y Colombia si hubiera hecho un trabajo serio, dentro de la ley, promoviendo el cambio por medios pacíficos. Así habría dejado un legado positivo en vez de un reguero de muerte y desolación”.

“Estos sucesos me han hecho pensar, cavilar, sobre la teología de la liberación. El hecho de que tantos seguidores, no todos, pero muchos, hubieran optado por la violencia, hace pensar hasta qué punto este pensamiento se mostró impaciente si no renuente a trabajar por el cambio por medios pacíficos” anota.

De la eventual influencia que sobre su accionar como integrante de los Cuerpos de Paz pudieron tener los tres sacerdotes, Hoffman dice: “Trataban de alejarme de las reuniones, pero nosotros teníamos un programa fuerte en Fredonia con el apoyo del padre Segovia. No me afectó mucho”.

En sentido contrario, sobre si trató de influir sobre la acción de los tres sacerdotes, después guerrilleros, sentenció: “No, Yo no soy para aconsejar a otros sino a trav ejemplo”, concluye. ■

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